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ENTRELAZANDO LA ESFERA PARA UNA CARTOGRAFIA INACABADA

ENTRELAZANDO LA ESFERA PARA UNA CARTOGRAFIA INACABADA

© Santi Maeso

 

Todo viaje, como espacio transitado que es, tiene su propia cartografía, un cuaderno de bitácora en donde se registra lo vivido y lo imaginado; es el resultado del deseo o pasión que mueve al viajero a la incursión en un nuevo territorio y de lo que de éste le impregna, le transfigura y le deja en la memoria.

El primer viaje, al comienzo de los tiempos, cuando el hombre era nómada y aún no se había asentado, y, por tanto, la primera cartografía, se trazó por la necesidad de la búsqueda de alimento.    El hombre se movía, se internaba, exploraba la esfera sin pensar a dónde iba, un ir y venir a ninguna parte, a un territorio desconocido, observando y anotando en su memoria las referencias de esas huellas, esos rastros, esos signos que aparecían en el camino; se guiaba de día por el sol y por la bóveda celeste de noche para poder regresar a la cueva, a un lugar seguro y poder así reencontrarse y compartir el alimento tras la travesía. Es precisamente con esa sucesión de incursiones, con ese ir y retornar – de los que retornaban – como el viajero nómada configura y transmite su experiencia dando lugar a una nueva cartografía.
El artista Guillermo Kuitca, refiriéndose a la cartografía, afirma que “el mapa es la promesa de un orden, la vocación de formalizar un orden que no se alcanza”.
El viaje siempre representa una experiencia total, en la medida que el viajero, el navegante, el piloto, mas allá de cualquier parámetro o certidumbre, se interna desde el principio en territorios nuevos, frecuentemente inhóspitos, a través de la tierra, del agua o del cielo; en definitiva, sobre la realidad para conocerla. Viajar es descubrir o redescubrir ese espacio, en un tiempo transhistórico.
Jorge Wagensberg nos da una idea clara de que ha supuesto el viaje y el conocimiento para el viajero, para el científico, para el artista, para el hombre inquieto por la curiosidad, por el entusiasmo, por la alegría de cruzar el umbral de lo inhóspito, de lo certero: “Viajar y crear conocimiento son dos actividades hermanas, comparten varias esencias: cambio, explorar, observar, comprender, riesgo, proeza, supervivencia. Los grandes saltos del conocimiento siempre han estado relacionados con un gran viaje. Viajar, observar, recoger muestras, crear museos, reflexionar, discutir y publicar”.

Los grandes viajes en la época del Renacimiento

Los grandes hitos de la navegación se produjeron a finales del siglo XV y en la primera mitad del siglo XVI y coinciden con uno de los períodos más fecundos en grandes cambios, en transformaciones tanto a nivel científico, artístico como filosófico.
La función del hombre del Renacimiento fue observar la naturaleza en sus semejanzas y analogías dentro de una unicidad – mundo, hombre y Dios – y su papel será el del “genio” cuya curiosidad le lleva a explorar todos los saberes mas allá del la especialización concreta o de una disciplina en particular. La genialidad de esos artistas, científicos, filósofos, navegantes,… radica en su intrusismo en todas las materias, en su obsesión por conocer la realidad en todos sus ámbitos, en todas sus áreas, por abarcar, por lo tanto, todas las disciplinas del conocimiento. Sus talleres, sus laboratorios fueron interdisciplinares, se contaminaban y participaban los unos de los otros con una sola idea, la de explorar hasta el límite aquello que se podía conocer. Este afán multidisciplinar de Leon Batista Alberti, Leonardo da Vinci, Filippo Bruneslleschi o Nicolás Copérnico llevó a una nueva metodología, a la inauguración de la ciencia moderna, a proyectar una nueva mirada sobre el arte y, por consiguiente,  sobre el hombre y su relación con el mundo.

Los navegantes como Cristóbal Colon, Fernando de Magallanes o Juan Sebastián Elcano navegaron los océanos sin conocer con exactitud su posición durante la singladura: la brújula era imprecisa (se desconocía la desviación magnética), sólo contaban con el astrolabio, el reloj de arena o el sistema de corredera de barquilla para la toma de datos, pero todos estos medios de que disponían no daban cálculos precisos y las desviaciones de la ruta eran notables; si a esto le añadimos las imprevisibles condiciones climáticas al internarse en rutas desconocidas, no cabe duda que sus viajes constituyeron una aventura sin precedentes.

Mas adelante, aparecerían el planisferio de Gerard Mercator, el cuadrante de Davis, el sextante, el cronómetro marino, instrumentos que permitían determinar con exactitud la latitud y la longitud, que permitían vislumbrar un orden, aún inacabado, en las cartas, que se van llenando de nuevos signos, abriendo nuevos interrogantes.
Esta navegación a mar abierto durante dos siglos requirió, por encima de todo, observación, pericia, riesgo. Fue la voluntad de navegar, de enfrentarse en cada travesía a un nuevo mar y una nueva bóveda celeste; por lo tanto, a nuevos vientos en nuevas latitudes y todo esto fue necesario registrarlo y anotarlo en el cuaderno de bitácora para sucesivas travesías, para así construir una nueva cartografía de mares y territorios hasta ahora desconocidos.

Eran enormes la adversidad y las dificultades de una navegación para la que se disponía de unos medios técnicos tan escasos, que sólo fueron mejorando y evolucionado, travesía tras travesía, en esa sucesión de viajes y experiencias, pero esa aventura dio paso a una revolución y a un progreso en el conocimiento no sólo sobre la navegación misma sino también sobre la esfera y la realidad del hombre. Como afirma Jorge Wagensberg, “se ganaba independencia con respecto a la incertidumbre”.

 


Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano. Circunnavegación y redescubrimiento de la región austral
Fernando de Magallanes, nacido en Sabrosa, Portugal, fue nombrado por la monarquía hispánica capitán general de la “Armada para el descubrimiento de la especiería”. Inicio el viaje partiendo de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y aunque no completaría la circunnavegación (lo haría Juan Sebastián Elcano) a él se debe el redescubrimiento del  territorio que más tarde llevaría su nombre – Estrecho de Magallanes – situado en el confín del mundo, un confín que ya se intuía como recoge Héctor Raúl Osses en su libro “Patagonia ficción y realidad”: “Y la leyenda o realidad de los gigantes patagones ya estaba escrita desde 1448 en el mapa del benedictino Andreas Walsperger; la costa del futuro Nuevo Continente tenía, en aquel mapa, una inscripción en latín que decía: Aquí hay gigantes en lucha con dragones”.

Durante siglos la Patagonia ha constituido en el imaginario de la cultura occidental, antes y después de su redescubrimiento por parte de Magallanes, un espacio indómito donde cohabitan mitos y realidades, con referencias literarias que describen un territorio enorme y hostil, habitado desde hace 10.000 años. Este espacio inmenso, de cordilleras heladas, de grandes cielos, de fuertes vientos, de aguas cristalinas, abierto a  los océanos por sus canales silenciosos y vacíos, configuró una realidad vital para los habitantes de la región – Yamanes, Kaweshkar, Tehuelches, Aonikenk, Selk´nam – que transitaron, cazaron, recolectaron y pescaron con sus canoas fueguinas los canales y las costas de estos dos océanos que invitan a ser lo que siempre ha sido: una zona de tránsito. El hallazgo o, mejor, el redescubrimiento de Fernando de Magallanes llegaría en abril de 1520, en su intento de encontrar el paso entre continentes y así poder llegar por occidente a las
tierras orientales ricas en especies.
Antonio Pigafetta, cronista de la expedición de Magallanes, será quién anote en la cartografía ya existente de los pobladores originarios un nuevo nombre, un cambio de gentilicio, designando a sus habitantes, ya que así habían sido bautizados por Magallanes, con el nombre de patagones: “Nuestro capitán dio a este pueblo el nombre de Patagón”.

Este pueblo, este nuevo espacio para occidente, la Patagonia, se considera producto de una obra literaria de la época, Primaleón, una novela de caballerías, en la cual aparece un gigante llamado “Patagón”, que resultará capturado, igual que lo serán los Tehuelches.

Piagafetta describe la captura como un acto engañoso: “Dioles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera que tenían las dos manos llenas; enseguida les ofreció dos de esos anillos de hierro que sirven de prisiones (…). Y como no podían tomarlos con las manos les propuso ponérselos en las piernas (…). Consintieron y nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro, cerrando los anillos de manera que se encontraron encadenados”.

Esta ficción literaria, que se trastoca en realidad, este engaño abre paso a la colonización, entendida ésta como apropiación y como imposición. Así ha sido en la historia de todas las civilizaciones: algo parecido ya se nos relata en la Ilíada y la Odisea de Homero con el episodio del caballo de Troya.

También fue un viaje de motines y de ajusticiamiento de los que se rebelaron contra Magallanes: unos fueron decapitados pero otros fueron abandonados a su suerte, convirtiéndose involuntariamente en los primeros habitantes occidentales del cono sur.

 


Sarmiento de Gamboa y el primer intento de colonización

El estrecho de Magallanes ha constituido desde su redescubrimiento un territorio estratégico para los intereses europeos; esto llevó a la corona Española a promover el primer intento de asentamiento tras las incursiones del capitán Drake, enviado como corsario por Inglaterra para tratar de arrebatar la hegemonía a los españoles en un territorio que por su naturaleza y su singularidad no se dejaba colonizar fácilmente.

Fue Sarmiento de Gamboa, marino, cosmógrafo, hombre de ciencia y humanista fiel al espíritu del renacimiento, quién recibió el encargo del virrey de Perú, primero, de capturar al corsario inglés y, más adelante, ante la imposibilidad de la captura, de organizar una expedición para establecer un fuerte con armamento y una población, que cortara el paso a los intereses de Inglaterra. Tras varias expediciones, establecería el primer asentamiento en el territorio más austral del globo, bautizándolo con el nombre de “Ciudad del nombre de Jesús” y ese mismo año también fundaría “Rey Don Felipe”, ciudad situada cerca de lo que es hoy Punta Arenas. Las difíciles condiciones climatológicas, el mar impetuoso, la falta de apoyo y de víveres hicieron que de ese primer asentamiento, tras tres largos años de penurias, sólo quedara vivo uno de los trescientos hombres y mujeres que lo habían habitado.

Es, pues, el viaje del fracaso, del dolor y de la muerte ese primer intento de penetrar en un territorio habitado por tribus aborígenes, cuya naturaleza se resiste ha ser colonizada, tan solo permite ser reconocida y explorada en tránsito, sin asentamientos ni dominios. Pero al mismo tiempo también es el primer viaje científico, por la descripción rica e impecable de los canales patagónicos y del estrecho, de su hidrografía. Sarmiento de Gamboa inauguró lo que en el siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX serán las expediciones transoceánicas científicas y artísticas.

Se tardará dos siglos en volver a intentar colonizar la Patagonia ante el fracaso inicial y la dificultad de doblegar esta tierra de gigantes; pero siguió siendo transitada y explorada por marinos, piratas, cazadores e, incluso, por misioneros católicos, que en un intento de evangelizar las tribus autóctonas y de localizar la inhallable ciudad de los Cesares, una fantasía que se había ido alimentando con el paso del tiempo. Estos religiosos no sólo bordearon los canales sino que penetraron en tierra firme, fundando misiones, la mayoría de las cuales no sobrevivirían, al igual que sus promotores: Las tribus se resistieron no sólo a la espada del militar sino también a ser reguladas y regladas por la mirada y las creencias de los invasores.

Todo intento de medir, juzgar o encadenar el territorio y sus habitantes fue efímero: durante tres siglos la Patagonia escaparía del sometimiento a Occidente y sólo a través del intercambio se abrió una vía de comunicación con sus habitantes originarios.

 


Los viajes científicos en los siglos XVIII y XIX

Antes de la famosa segunda expedición del Beagle, entre 1831 y 1836, capitaneada por FitzRoy y llevando con él a Charles Darwin, hubo otros viajes de vocación naturalista y/o científica impulsados desde Inglaterra, España o Francia, coincidiendo con el período de la Ilustración, en pleno siglo XVIII.

Estos viajes de exploración y reconocimiento de nuevos territorios tuvieron como objetivo estudiar, analizar y clasificar, dibujar, pintar tanto a fauna y la flora de esos lugares como a sus gentes. Pero también sirvieron poner en valor los últimos descubrimientos técnicos, como el sextante o el cronómetro; o parar observar fenómenos astronómicos, como, por ejemplo, el tránsito de Venus por delante del Sol que se hizo durante el viaje del inglés James Cook. En definitiva, todo ello supuso variar, reescribir y ampliar la cartografía del territorio, pero también el conocimiento y la cultura europea, ya que en todo viaje se parte de un punto de referencia y éste siguió siendo Occidente. Entre los múltiples viajes que se realizaron, aparte del ya mencionado de Cook, cabria destacar, por parte de Inglaterra, el de John Byron, el de Alejandro Malaspina, por parte de España, y por parte de Francia, el de Louis Antoine de Bougainville.

 

A bordo de la Beagle Orundelico (Jemmy Button) Charles Darwin

El viaje de Robert FitzRoy a bordo del Beagle no solo consistió en un estudio hidrográfico y de exploración del territorio en el extremo austral de Chile, que hacía muy poco que se había constituido como nación, sino que supuso escribir una capítulo más de la historia de la infamia revestida de civilización al llevarse a Inglaterra a cinco indígenas para que fueran educados y civilizados según los patrones europeos para, una vez terminada su instrucción, devolverlos al lugar de origen y que ellos, a su vez, civilizaran a sus congéneres.

Es la historia de Orundelico, de la tribu yagan, rebautizado en Europa como “Jemmy” (por Jeremy) Button, que, tras ser arrancado de su territorio y reeducado, regresó, teniendo como compañero de viaje al más ilustre científico del siglo XIX , Charles Darwin, con el cual pudo conversar y compartir mesa en el largo viaje de vuelta. A pesar de todo, Orundelico, al reencontrarse de nuevo en su entorno original, volvió a ser quien había sido, asimilados unos pequeños cambios, porque todo viaje, toda experiencia de descubrimiento transforma y configura una evolución de gentes y de territorios. Por tanto, como experimento social, tuvo un resultado fallido al tratar artificialmente de imponer reglas, creencias y costumbres pretendidamente superiores sobre otros pueblos, bajo una pretensión uniformadora que trata de borrar las diferencias que existen entre culturas, homogeneizando e ignorando la pluralidad.

Charles Darwin viajó en el Beagle, entre 1831 y 1836, para llevar a cabo un estudio naturalista de las especies y otro geológico de los lugares visitados; pero no hay que tener presente que trajo consigo esa mirada eurocentrista, cargada de prejuicios, que se refleja en determinadas anotaciones en su diario de viaje, como, por ejemplo, cuando afirma de la Tierra de Fuego que la maldición de la esterilidad está en esta tierra” o que “los fueguinos están en el estado más miserable de barbarie de lo que nunca imaginé para un ser humano. Nunca olvidaré los alaridos con que nos recibieron”.

Años más tarde, en 1939, Darwin publicaría su diario de viaje y, más adelante, su obra capital “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida”.

La teoría de la selección natural supuso una revolución en la concepción de la historia de la humanidad, ya que hasta ese momento se consideraban las especies inmutables y que el hombre como especie única no provenía de ninguna evolución (teología natural). Fue un paso de gigante en el viaje del pensamiento, como lo había sido la revolución copernicana, chocando diametralmente con el creacionismo. Las especies de seres vivos y el hombre como una más de ellas eran el resultado de un proceso de evolución a lo largo del tiempo que implicaban cambios y transformaciones por un mecanismo de selección natural, es decir, por adaptación y mutabilidad, a consecuencia del cual las especies y los individuos más aptos sobreviven, creando un rasgo genético que será transmitido a la siguiente generación, en una constante evolución.

Las teorías de Darwin encontraron en determinados ámbitos una acogida perversa debida a una malintencionada interpretación, que las extrapolaban al terreno de lo social. Eso ocurrió en especial en los países colonialistas, que las aplicaron como justificación de su política de ocupación sobre los pueblos, etnias y sujetos a los que sometían. Así se iniciaba el viaje de una razón sin esperanza, sin compasión, donde sólo los mejores y los más aptos pueden sobrevivir. Se justificaba de este modo el surgimiento de una nueva moral capitalista en su versión más salvaje y despiadada, más salvaje aún que los propios pueblos originarios de la Patagonia que Darwin había descrito como bárbaros.

La Patagonia, en el siglo XIX, como muchos espacios de la esfera que ya estaban avistados o casi descubiertos pero que se mantenían impenetrables, no se había constituido como espacio habitable para los estándares de Occidente. Los procesos de occidentalización no son más que una carrera por uniformar los espacios sin tomar en consideración la diversidad de sus pobladores y la armonía de su territorio, creando un mundo más pequeño bajo el espíritu del colonialismo eurocéntrico y contagiando de esa mirada a las nuevas naciones que surgían.

Argentina y Chile se enzarzaron primero en una lucha fratricida entre ellas, tras conseguir la independencia de España, y, luego, hicieron la guerra de común acuerdo contra los habitantes originarios de la Patagonia. Fue una lucha por un territorio que había  permanecido al margen del ordenamiento colonial, de una tierra que hasta entonces no había sido ocupada, sólo transitada. El ordenamiento de este espacio (que se resistió durante siglos ) no fue integrador, se realizó bajo los parámetros de la civilización frente a lo que occidente (los colonos) entendían como la barbería, creando una división impuesta a la fuerza del territorio, una frontera que sólo atiende a intereses políticos, cuyo objetivo en la práctica no es otro que el dominio sobre los recursos naturales y estratégicos de la zona, sin tener para casi nada en cuenta los intereses de la población originaria.
La desaparición casi total de la población autóctona de la Patagonia, a manos de aventureros en busca de oro, de ganaderos, de colonos y, cuando convenía, de operaciones militares, ha conformado un nuevo paisaje: han desparecido los Selk´nam y sus ritos de iniciación, el Hain, máxima expresión artística del territorio, donde confluían música, cantos, danza, pintura; Con la dominación exterior desaparecía la expresión de un territorio. La construcción y fundación de nuevas ciudades – Punta Arenas se fundaría en 1848 – trajo consigo un nuevo espacio de ordenamiento administrativo y fue la “punta de lanza” para la expansión de la ocupación y para la penetración en grandes extensiones de territorio virgen. Finalmente, el largo período de conflictos dio paso a un acuerdo que consagró el reparto del territorio de la Patagonia entre Argentina y Chile. Así quedaba trazada una nueva cartografía – por el momento definitiva – del lugar.

Estas nuevas líneas divisorias – la acotación del espacio y la ordenación jurídica de un territorio indómito – trajeron consigo el crecimiento económico y demográfico y un progreso material tras la incertidumbre del dominio de este territorio. Dice Jorge Wagensberg, en “Sólo se puede tener fe en la duda”, que “La incertidumbre es el motor del progreso material y la compasión el motor del progreso moral”.

 

La carrera hacia la Antártida, un viaje ético.

Sigue siendo más válido que nunca el interrogante que nos lanzó Immanuel Kant al preguntarse sobre nosotros:” ¿por qué vemos el mundo como lo vemos?” Las repuestas no son sencillas, pero tienen algo que ver con el comportamiento. En la carrera por clavar la bandera en el punto más austral del planeta, la Antártida, se dio lo que se podría llamar un viaje épico, de compromiso, en el cual, como dice Jorge Wagensberg “La ética es la estética del comportamiento”.

La Antártida o Terra Australis empezó a aparecer en los mapas tan pronto como en 1531. Fue avistada por James Cook y, aunque parece ser que pertenece al territorio de los mitos, se dice que el buque español San Telmo naufragó en 1819 en la Antártida y que, si se hallara la embarcación hundida, eso daría a España el titulo honorífico de ser la primera nación – aunque sea por naufragio – que puso el pié en la Antártida. Por esa Terra Australis pasaron, a lo largo del siglo XIX, Fabian Gottlieb o Dumont d´Urville, entre otros; pero el título de coronar el polo sur se lo llevaría el noruego Roald Amundsen, tras una carrera épica con el inglés Robert Scott, en la que éste perdería la vida.
Pero sin duda quien realmente ha pasado a la historia en la aventura antártica ha sido el angloirlandés Ernest Shackleton. No lo ha hecho por sus diversas y notables expediciones – llegó a estar a 180 kilómetros de coronar el polo sur en su viaje de 1909, años antes de la proeza de Amundsen –  ni por haber sido el primero en lograr el viaje transcontinental de la Antártida, sino por el heroico rescate, en 1916, de la tripulación de la embarcación Endurance, que había naufragado en el hielo antártico.

Tras el naufragio, Shackelton arriesgó la vida en un viaje peligroso e incierto – incluso llegó a ir a la deriva atrapado en un bloque de hielo – para lograr el rescate de su tripulación. Partió en busca de auxilio a la cabeza de un reducido grupo de tripulantes, en un bote de tan sólo 6,85 metros de eslora, para desafiar la adversidad del frío, del hielo inclemente, y logró, tras tres intentos fallidos, rescatar con vida a sus compañeros. Lo hizo gracias a la colaboración del remolcador Yelcho de la armada chilena, capitaneada por el chileno Luís Pardo, que partió de Punta Arenas y, con gran pericia, consiguió llegar a la Isla Elefante, donde habían quedado atrapados los 25 miembros de la tripulación del Endurance durante 105 terribles días.

El rescate de Shackleton es el viaje del compromiso, de la amistad y, como su único objetivo consiste en salvar a toda su tripulación, es el viaje de la épica que está fuera de los parámetros del espacio-tiempo – nunca supo lo que duraría ese viaje ni si podría regresar – y que solo obedece a una lógica interna existencial, que no es otra que “la estética del comportamiento” ante las adversidades, y, para colmo, en un territorio que, por frío y desolado, configura la experiencia heroica de un viaje de ida y vuelta gracias al cual el héroe retorna para configurar un nuevo mapa, siendo éste no sólo científico sino también ético.

 


La Antártida. La región de Magallanes y la Antártica Chilena. Ecología y
etología del territorio.

La Antártida, tras las exploraciones de principios del siglo XX, ha continuado cobrando cada vez mayor interés científico. Hoy en día en ella se integran 47 naciones, con bases científicas dedicadas al estudio, entre otros temas, del cambio climático y del efecto regulador térmico que proporciona el continente antártico: al confluir en él los tres grandes océanos (Pacífico, Atlántico e Índico) estos pueden, a través de sus corrientes, transferir el frío al resto de latitudes del planeta – llegan incluso al Atlántico Norte –  ejerciendo un efecto moderador en territorios en los cuales el clima es más caluroso y ayudando a mantener un indispensable equilibrio, ante el calentamiento global del planeta.

Esto y el hecho de que bajo su capa de hielo se esconde la mayor reserva de agua dulce del planeta (un 3%) hacen que, junto con los Campos de Hielo Sur, situados en Torres del Paine en la parte chilena de la Patagonia, y el Hielo Continental Patagónico en la parte argentina, conformen unos territorios de valor inestimable, los cuales hay que preservar de los litigios y de las ambiciones territoriales y económicas de multinacionales y transnacionales y de su voracidad mercantilista. ¿Cómo hacerlo? Ampliando y suscribiendo el vigente Tratado Antártico, dotando al territorio de leyes que puedan proteger este universo oculto, el agua dulce, la preservación de la cual va mas allá de una frontera, de una propiedad o de una  pertenencia partidista ya que es, ante todo, el elemento fundamental para la vida y, por lo tanto, va a depender de la gestión que hagamos de ella lo que nos permitirá transitar, es decir, viajar hacia el futuro.

 

Bruce Chatwin. Relativizar la mirada

Bruce Chatwin es uno de los últimos viajeros-escritores que ha transitado por esta parte del mundo y que ha descrito en su libro “En la Patagonia” ese viaje como una exploración por un territorio donde, por sus características, la realidad y la ficción se entrecruzan (el autor no siempre hace un retrato fiel de su experiencia). Chatwin captó y al mismo tiempo imaginó la armonía del territorio en un tiempo en que ya sólo quedaba ser nómada por espacios civilizados, pero que aún se resisten bravamente a la homogeneización.

Chatwin pertenece a esa raza de viajeros nómadas que, través de la experiencia del viaje, confecciona una cartografía del territorio – en este caso la Patagonia – que se alimenta del diálogo y de la expresión del territorio y de sus habitantes, aventurándose y describiendo costumbres, que a veces distorsiona, pero cuya naturaleza sigue siendo, en palabras de Chatwin “una región de aire puro, espacios abiertos; de mesetas negras y montañas azules; de matorrales grises salpicados de flores amarillas… una región de huesos pelados por los chimangos carroñeros, barrida por el viento, donde los hombres quedaban reducidos a lo elemental y descarnado”.

Para él, viajar supone, ante todo, partir con una maleta que no contenga metro con el cual medir, comparar ni juzgar a otras culturas, supone dejarse llevar, observar, experimentar el territorio sin prejuicios previos, en definitiva, relativizar y comprender la realidad diferente que se abre ante una nueva experiencia. En eso ha sido fiel a Marcel Proust que nos indicó que “El único verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en mirar con nuevos ojos”.

 

Toponimia inacabada. Realidad e interdisciplinariedad

Viajar por la Patagonia representa transitar por espacios que aún carecen de nombre, como las montañas de la cordillera de Darwin, peregrinar entre vientos embravecidos por una naturaleza salvaje, donde el agua fluye y se oculta dentro de una realidad que solo se puede reescribir a través del diálogo y de la comunicación, desde una mirada que comprenda la relación intrínseca entre orden e incertidumbre, creando preguntas y respuestas interdisciplinares, que incluyan la ciencia, el arte, la ética, la política…, que vayan mas allá de una revisión o de una reconstrucción histórica. A ese respecto, Jorge Wagensberg nos recuerda que “La mera existencia de la ética y la estética obliga a que cualquier otra disciplina sea interdisciplinaria”.