En 1562, Diego Gutiérrez, un cartógrafo español de la respetada Casa de la Contratación, y Jerónimo Cock, un grabador notable de Amberes, colaboraron en la preparación de un espectacular y ornamentado mapa de lo que en aquel entonces se refería como la cuarta parte del mundo, América. La Patagonia es rotulada como una «región de gigantes».

Naves y Piraguas

©Ángeles Estévez Oyaneder

Comunicadora Social
Investigadora en Ancestrología y Relaciones Humanas

 

Una mirada hacia la transgeneracionalidad del territorio magallánico patagónico, las actuales relaciones humanas y el cohabitar con el medio natural.

Completar la circunvalación planetaria es el hito que marcó el transito entre los océanos más grandes del mundo. Hernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano aportaron esta nueva ruta, en una época en que occidente despertaba del medioevo para entrar en la dinámica transformadora aportada por la visión renacentista.

El descubrimiento del Estrecho de Magallanes multiplicó las navegaciones de la época, dio lugar con los años al paso de comercios, las exploraciones geográficas y naturalistas, administradas por el poder de aquel tiempo. Acompañados de equipos multidisciplinarios, se comienza a describir estas tierras, en donde el Patagón con su gran tamaño y agilidad figuraba como un gigante, entre los relatos de mitos en Europa. Este pueblo habitante de los confines del continente americano, junto a otros de los canales y de la isla de Tierra del fuego, practicaban costumbres en sincronía con la naturaleza. Conjugaban sus cuerpos y mentes sanas, en un medio que evidencia equilibrio con un ambiente prístino habitado por más de 6.000 mil y hasta 9.000 años de antigüedad.

Desconocemos la verdadera magnitud del legado de la cosmovisión de estos pueblos. Podemos interpretar, a partir de la observación de las descripciones etnográficas, que al igual que otros originarios del planeta mantuvieron un comportamiento cotidiano que se desenvolvía inmanente de manera uterina con la biosfera. En su cultura la práctica de habilidades era transmitida de generación en generación para resolver grupalmente las necesidades.

Sobre la voz del control colectivo que llama a la civilización por medio de abstracciones, estos pueblos iban con claridad y limpieza hacia sus objetivos. Para nuestro paradigma heredado de la cultura de occidente: un comportamiento arcaico.

Los textos relatan vidas armónicas. Recolectaban y cazaban sus alimentos; podemos interpretar que había una abundancia que les permitía seguir el ritmo natural de un calendario anual implícito en la naturaleza. Jamás supieron de conceptos de escasez ni de ahorro, vivieron y gozaron encomendados a la práctica de memorias y habilidades heredadas de sus ancestros para salir a buscar los frutos de la tierra, huevos de aves, la caza, la pesca, el abrigo.
En sus gruesos toldos abrigados por la grasa de los lobos y por el fuego, dieron lugar a la familia. La paz y la prosperidad se reflejaba en la serenidad frente al devenir, la osadía de enfrentar la tierra y sus recursos, su clima, el viento, las aguas, el aire frío, el fuego sobre las piraguas en medio del las mareas daban cuenta del desarrollo colectivo de las habilidades.

El encuentro de las grandes naves con las pequeñas canoas es una mirada presente, hacia la posteridad del cambio cultural; como espiral recursiva para hacer una nueva lectura de los pueblos ancestrales de la región. Esta vez tomar un legado oculto de las pequeñas embarcaciones, oculto para las complejidades abstractas. Abrir la mente y los sentires a la comprensión de las costumbres provenientes de los primeros ancestros de esta tierra magallánica Patagónica, como paradigma de cambio para situarnos en un marco de referencia que nos permita apreciar su existencia valorizando una mirada estética a partir de los aportes de las observaciones etnográficas. Apreciar lo que pudieren ser sus valores: el valor de volver: volver de cada rutina en las mareas. Para nosotros la necesidad de volver sobre si, sobre lo propio del ser, sobre nosotros mismos, volver a atender la confianza en las relaciones interpersonales, volver cada vez a embarcarnos con brío frente a nuestras propias mareas, volver a la mirada de la autonomía relacional, volver hacia un diálogo constructivo y creativo, portador de capacidades, volver a retomar el rumbo, volver al foco que nos conduce a ser, a tomar la vida más allá de la mera supervivencia, volver a tomar en equilibrio el pulso de la contemplación y la actividad. Volver a la originalidad de ser.

Mientras el nomadismo y la vida rudimentaria fueron expirando, el territorio inhalaba el largo proceso de civilización industrial de occidente. Con la llegada de nuevos habitantes, los navegantes de las piraguas conocieron la enfermedad mutante, mental y física, individual y colectiva. En el siglo XX, gran parte de su población desapareció, mientras en el mundo se instalan las tendencias informativas de la aldea global.

En estas tierras lejanas, la llegada de nuevos hábitos colectivos terminaría por construir barreras existenciales y posteriormente políticas para la continuidad de las piraguas. Donde antes transitaban en libertad cruzando el canal Beagle en el extremo sur de la región, ahora se practicaba la necesaria tramitación de extranjería entre países soberanos, con sus necesidades de regular el paso de los “desconocidos”.

Donde antes se cazaba, ahora existiría la propiedad privada. Donde antes se reunían las tribus milenarias, ahora se compartía el territorio con nuevos discernimientos colectivos, nuevas tradiciones, de las cuales la herencia común sería el intercambio por medio de la abstracción monetaria, la militancia ideológica y la fe basada las creencias no experienciables.

 

¿Y qué tenemos hoy?

En el contexto de la colectividad de esta tierra magallánica Patagónica, hoy, al igual que en el resto del planeta, coexiste una sociedad en posición bipolar. El intento de conjugar una cotidianidad de consumos desechables y desinformados; las verdaderas implicancias del uso descuidado de la energía y los recursos naturales; versus la voz ruidosa de las consecuencias, abordadas desde un punto de vista alarmante pero intrascendente para el mejoramiento colectivo de los hábitos.

En el contexto interpersonal, el apego a interacciones humanas codependientes que impiden el desarrollo de la autonomía relacional y la necesaria creatividad en el diálogo oportuno.

La desnaturalizada vida que por años caracterizó la situación de occidente que hoy comienza a gatear entre la necesidad de salud mental y física, la obsesión por la epidemiología; el estado de shock que mantiene “groggy” a la población, atada al salvavidas de la evasión por medio de adicciones; hábitos alimentarios que conducen a la desnutrición o a la alta tasa de obesidad; neurosis, depresión, ansiedad, suicidio, variables dentro de las que nuestra región ocupa un lugar dentro de los ranking nacionales e internacionales.

El antiguo aporte de las grandes descripciones del naturalismo sobre el paisaje y sus componentes, de la geografía y los recursos naturales, ha sido hasta ahora -desde un punto de vista masivo-, una referencia para la explotación industrial.

Solo unos pocos integran movimientos de investigación y conservación de la vida silvestre, menos aún, la puesta en marcha del arte, las técnicas y la cultura para la expansión de una conciencia de sustentabilidad al servicio de la vida.

 

Ancestros antiguos, ancestros nuevos y la continuidad

Posterior a las culturas de los pueblos originarios, tenemos las historias transgeneracionales de los actuales habitantes de la región.
Con los navegantes que investigaban la geografía y el naturalismo, comenzó a circular información. Durante el período de gobierno de Manuel Bulnes P. es enviada la Goleta de Ancud con el objetivo de afianzar la soberanía mediante la toma de posesión del Estrecho de Magallanes. Llegaron así los chilenos provenientes de la isla de Chiloé.

Migraciones antiguas, de orígenes de países Europeos, posteriormente sobrevivientes del caos de las guerras y hoy en día, migraciones nuevas, que huyen del desorden político o económico de la misma Latinoamérica.
Todos ellos, entre otras etnias en menor proporción; son hoy descendientes que han encontrado en la tierra magallánica patagónica la supervivencia y más aún, la prosperidad.

Los navegantes llevaban inscrita la continuidad en el deseo de volver a casa. Los inmigrantes llevaban y siguen llevando la continuidad en el deseo de encontrar una sociedad donde volver a vivir. Para los chilotes nuevas oportunidades para ir más allá de su isla. La composición de estos grupos tiene distintos orígenes, sin embargo coinciden un factor: la necesidad de preservar la continuidad y encontrar mayor satisfacción.

Todos ellos, todos nosotros, somos ocupantes nuevos, de estas tierras milenarias en donde las etnias originarias fueron los primeros. Ellos “co-habitaron” en un estrecho transitar de experiencias vivenciables de manera pura, directa, dando lugar a la continuidad.

 

¿Estamos hoy, haciendo un camino coherente para llevar la continuidad?

El sentido de la continuidad, adquiere comprensión en la herencia de la vida; y la vida colectiva está compuesta por la inclusión. La inclusión de todos los ancestros que componen el espacio que habitamos.

Si hay algo que podemos recoger como concepto valórico esencial de los antiguos habitantes originarios, es que todo su comportamiento llevaba inscrita la continuidad de un constante “habitar” como parte de un alma o dinámica, en donde el todo y la propia vida no distinguen separación.

Su habitar milenario conectado desde la época glaciar hasta fines del siglo XIX y su desaparición en poco tiempo, nos aporta hoy un referente inquietante: la velocidad con la cual la fragmentación y la miopía cortoplacista puede acabar con la vida; y nos refiere un futuro: acabar con otras partes de la vida. El mensaje constituye un axioma interactivo para abordar la necesidad urgente de salud en las relaciones humanas como rol recursivo de la colectividad y para la conservación de la naturaleza.

Cohabitar: es habitar en unión. Implica para nuestra realidad actual retomarnos en la inclusión y retomar o volver hacia la experiencia pura, hacia prácticas experienciables, más allá de los juicios de los sistemas de creencias y mucho más allá de los afanes de posicionamiento de la propaganda.

 

Para nuestra cultura actual la práctica de volver a cohabitar contiene muchos aportes

Volver a Comunicarnos de manera vívida, ejercer el desarrollo de una autonomía capaz de regenerar la creatividad, la capacidad de expresión individual y de un compartir en amistad con la otredad y desde ese espacio, para la comprensión del medio.

Volver a Atender a las propias necesidades esenciales. Más allá de la proyección de necesidades sociales de estima en una lógica materialista: portar la confianza en las relaciones interpersonales.

Volver al Hacer conscientes los mecanismos de proyección más allá de la codependencia a la que nos han acostumbrado: ejercer el desarrollo del sentido, de llevar adelante el rumbo, durante el tiempo que estamos vivos.

Ser capaces de tornar la inteligencia colectiva en armonía natural y transformarla en Inteligencia Comunicativa en medio del inminente ruido de las redes sociales.

Abrirse a las relaciones saludables con el entorno, con nuestros pares cercanos, traspasar el ego, reconciliar la información que llevamos por herencia madurando un nuevo ser: “ser nuevo” y serlo de manera evolutiva, dentro de una dinámica arremolinada desechable, mecanicista y estandarizada.

Educar para que los futuros escolares cuenten con una visión viva del planeta, en su dimensión sistémica, como ser completo y no como simple plataforma inerte sobre la cual ocurre la flora y fauna y las fuerzas de la naturaleza al servicio de la experiencia humana.

El ejercicio de volver a cohabitar, es honrar a quienes nos dieron la vida, aprehender que venimos de un padre y una madre quienes a su vez recibieron la vida de más atrás, extendiendo las líneas hasta llegar a algún ancestro que vivió practicando el habitar, con la tierra cuando la actividad cotidiana estaba menos intervenida por la costumbre del consumo mediado por los abstractos. Volver a conectar con una raíz ancestral que viviera en esta relación inmanente con la tierra como útero materno, con la luz del sol como padre de sus transformaciones biológicas, con los elementos como portadores y primeros proveedores de las condiciones para obtener lo que necesitamos para vivir; con el resto de las especies o de “la especie”, si lo tomamos desde el punto de vista de la filogenia. Como conjunto único, idea inseparable, habitantes de una misma casa ligados por medio de la vida que se fue diversificando en la evolución.

Conectar con el ancestro antiguo que a su vez estuvo unido con la naturaleza, nos devuelve la conciencia sobre el ser descendientes de una ancestralidad que pone en marcha la confianza en sus propias capacidades, nos hace participes de la comunión con la totalidad y de la armonía con nuestra casa; la tierra en dirección hacia auténtica felicidad: la vida en su expresión magna.

Podemos en adelante, superar el concepto de pre-historia, para comprender a los primeros ancestros del Magallanes Patagónico. Podemos comprenderlos como Culturas Milenarias, en donde la creación de civilización no es cuestión central de interés para el progreso, sino el legado espontáneo, no intencionado, autopoyético, de la vida de pueblos que existieron y hoy cuentan con un rico acerbo de costumbres que inspiran nuevas miradas para el cuidado de la salud en las relaciones humanas y de la vida misma: la Biosfera.

Aparece la quimera de una nueva forma de navegación. La exploración que vuelca la mirada interior, hacia la profundidad del ser. La reflexión de sustentabilidad en primera persona como contenido ontológico recursivo al servicio del desarrollo personal y transpersonal y de ahí al cuidado de nuestra casa planetaria.

Han transcurrido 500 años en los cuales la región patagónica ha sido escenario de transformaciones. En los últimos 100 fueron acelerando su velocidad: después de la influencia de las revoluciones industriales, desemboca en los ‘90 en la aldea global y las redes de la información, y después del 2000 en las redes sociales.

La invitación hacia la apertura de un diálogo y reflexión mutidisciplinar entre investigadores, científicos, artistas, nos insta a la indagación, en este espacio magallánico y desde aquí hacia la llamada Patagonia del marketing que extiende sus maravillas naturales en la red global y sus límites geográficos, nortinos más allá de los campos de hielo.

En Tránsito nos da la posibilidad de conectar una comunicación con el antiguo continente y en otro contexto con el llamado a la acción más allá del que hacer de la investigación y la conservación de las especies. Nos invita a la acción en la voz del espíritu para resonar en distintas vocaciones que miren en conciencia la necesidad de reflotar la preservación de la vida en la biosfera en la cultura cotidiana. Un posible Re-nacimiento un seguro Re-decubrimiento un sensible Re- encantamiento, que nos ayude a elevar la frecuencia humanizada, en red global y de cara a un 2020 regenerador del siglo XXI.

En Transito hacia la expansión de la conciencia evolutiva, esta vez hacia la síntesis interior capaz de tomar el legado ancestral como desarrollo personal para el cambio cultural, cambio cultural para el desarrollo personal, la comunicación humana, como acción comunitaria.

Este gran salto: un generador de herramientas para descubrir las memorias que en lo cotidiano nos están acompañando en la interacción con la comunidad y que no son mencionadas, si no parte del régimen oculto de las relaciones interpersonales.

La figura resultante no es cómoda, es más bien voluntariosa, requiere de esfuerzo personal en la originalidad particular de cada ser. “Esfuerzo original”, como lo fue el arte de la caza, la recolección, el uso de las pieles curtidas, de las grasas esparcidas por la dermis para preservar la vida del frío, esfuerzo del hombre que llevara el sustento más allá de sus propias necesidades abriendo el camino para la gestación de la familia, en abrazo con la mujer que diera a luz junto al lecho de un río de deshielo de glaciar para bañar a su recién nacido, incorporándolo fríamente a la vida. Tenemos mucho para aprender y mucho que aprehender como cohabitantes del siglo XXI